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El poder del agua viva: un ritual de equilibrio con shungita y geometría sagrada

Durante mucho tiempo tomamos el agua como algo cotidiano, algo que simplemente “está ahí”. Pero cuando empezamos a observarla con atención, descubrimos que es mucho más que un líquido transparente. El agua responde, se adapta y cambia según su entorno, y eso tiene mucho que ver con la energía que la rodea. Sin embargo, en la vida moderna hemos perdido en gran medida esa conexión: abrimos el grifo y simplemente “bebemos agua”, sin detenernos a sentir su presencia ni su mensaje.


En los últimos años, se ha hablado mucho sobre cómo estructurar el agua para mejorar su calidad y su capacidad de hidratación. Una de las formas más sencillas y efectivas de hacerlo combina un mineral llamado shungita con un soporte de geometría sagrada como el Torus.


Hablar del agua no es hablar solo de un elemento físico: es hablar del tejido esencial de la vida. Cubre aproximadamente el 70 % del planeta y compone también cerca del 70 % de nuestro cuerpo, siendo el medio en el que ocurren todos los procesos vitales: desde las reacciones químicas que mantienen la vida celular, hasta los intercambios eléctricos que sostienen la conciencia.

Lo sorprendente es que el agua no es una sustancia estática ni uniforme.Su estructura molecular cambia constantemente: las moléculas de H₂O se agrupan en microestructuras dinámicas, redes que se forman y disuelven sin cesar. Estas configuraciones varían según las condiciones del entorno temperatura, luz, presión, movimiento, campos electromagnéticos e incluso vibraciones sonoras.

Esto significa que el agua responde al ambiente y a la energía que la rodea.Cada estímulo puede influir en la manera en que sus moléculas se organizan, modificando su capacidad de almacenar, conducir y transmitir información.

De este modo, el agua se revela no solo como un solvente universal, sino como un sistema vibrante, sensible y coherente, capaz de resonar con las frecuencias que la rodean. Esta perspectiva es compartida hoy por científicos, terapeutas y estudiosos de distintas disciplinas: el agua no es un elemento pasivo, sino un medio vivo que participa activamente en los procesos de la naturaleza y del cuerpo humano.

Uno de los investigadores que más ha aportado a esta comprensión es el Dr. Gerald Pollack, bioingeniero y profesor en la Universidad de Washington.Pollack descubrió lo que denomina la “cuarta fase del agua” o “agua estructurada”: un estado intermedio entre el líquido y el sólido, en el que las moléculas de agua se organizan en una disposición más ordenada y estable.

Esta estructura especial aparece de forma natural en contacto con superficies biológicas o minerales, y presenta propiedades eléctricas únicas.Según Pollack, el agua estructurada almacena energía, alimenta las células y favorece los procesos bioeléctricos que mantienen la vida.Podría describirse como una especie de “batería biológica”, un sistema que acumula y distribuye energía vital dentro del organismo.

Cuando el agua está estructurada, su comportamiento es más coherente: transmite mejor la información, facilita la hidratación y contribuye al equilibrio celular. En cambio, cuando se somete a presiones excesivas, contaminación o radiaciones electromagnéticas, pierde esa organización interna y su potencial energético disminuye.

Por eso, prácticas como re-energizar o armonizar el agua no deben entenderse como actos de fe, sino como formas prácticas de restablecer su estructura natural, devolviéndole su capacidad de resonar con la vida.

En definitiva, el agua guarda una sabiduría profunda. Es un puente entre la materia y la energía, entre lo visible y lo sutil.Cuando la tratamos con respeto y consciencia cuando la iluminamos, la estructuramos o simplemente la bendecimos con intención, estamos participando activamente en su proceso de reorganización. Y al hacerlo, también reorganizamos nuestras propias aguas internas, porque el equilibrio del agua que bebemos refleja, inevitablemente, el equilibrio que cultivamos dentro de nosotros.

En el proceso de reestructurar y revitalizar el agua, uno de los elementos más poderosos que podemos utilizar es la shungita, un mineral tan antiguo como misterioso. Su origen se remonta a más de 2.000 millones de años, en la región de Karelia, al noroeste de Rusia. Este es el único lugar del planeta donde se ha encontrado en cantidades significativas.

Lo que hace a la shungita excepcional no es solo su antigüedad, sino su composición única.Es el único mineral natural que contiene fullerenos, una forma especial de carbono cuya estructura se asemeja a una esfera perfecta de moléculas hexagonales, como una especie de “cápsula” a nivel atómico.

Los fullerenos fueron descubiertos en los años 80 por los científicos Harold Kroto, Robert Curl y Richard Smalley, quienes recibieron el Premio Nobel de Química en 1996 por este hallazgo.Desde entonces, se han estudiado ampliamente por su extraordinaria estabilidad molecular y su capacidad de neutralizar radicales libres, actuar como antioxidantes naturales y proteger las células del estrés oxidativo.

Cuando estos fullerenos se encuentran de forma natural en la shungita, le confieren al mineral propiedades purificadoras excepcionales.Numerosos estudios realizados en Rusia y Europa del Este han demostrado que la shungita puede: - Adsorber metales pesados, pesticidas y cloro, mejorando la calidad del agua sin alterar su composición esencial. - Reducir la presencia de bacterias y microorganismos, actuando como un filtro natural. - Equilibrar el pH del agua, haciéndola más suave al gusto y más compatible con los fluidos corporales - Estructurar el agua al crear un entorno donde las moléculas pueden reorganizarse en patrones más estables y coherentes.

El resultado es un agua más “viva”, más ligera y con una sensación de pureza que muchas personas describen como “agua de manantial”.



Cuando la shungita se talla en forma de pirámide, su potencial energético se amplifica gracias a la geometría misma de la forma. Las pirámides son estructuras resonantes: concentran y redistribuyen la energía en patrones ascendentes y descendentes, canalizando la vibración hacia su vértice superior y hacia el centro de la base.

En la antigüedad, civilizaciones como Egipto, Mesoamérica y Asia comprendían intuitivamente que la forma piramidal favorece la concentración, la purificación y la estabilidad energética. Aplicada a la shungita, esta geometría potencia su acción como escudo protector y como transmisor de coherencia vibracional.

Colocar una pirámide de shungita cerca de una jarra de agua o incluso sobre la tapa del recipiente genera un campo energético estable que parece estimular la reorganización molecular del agua.Este proceso no se limita a una cuestión simbólica: el agua, al exponerse a un campo geométrico coherente y a la energía del carbono estructurado, recupera parte de su orden natural.En términos físicos, se podría decir que el agua “descansa”, liberándose de las tensiones acumuladas en su paso por cañerías y sistemas presurizados; y en términos energéticos, se rearmoniza.

De esta manera, el agua tratada con una pirámide de shungita no solo resulta más limpia y agradable al gusto, sino también más vibrante, más coherente y, en cierto modo, más alineada con la frecuencia vital del organismo humano.


El Torus y la Merkabah: patrones de energía, equilibrio y conciencia Si observamos la naturaleza con atención, descubrimos que toda forma de vida sigue un mismo principio de organización: la energía siempre fluye en espiral.Desde la estructura de las galaxias hasta el campo electromagnético de nuestro corazón, la energía vital describe un movimiento circular que se expande, se contrae y vuelve al centro.

Este movimiento se conoce como Torus una figura geométrica sagrada que representa el flujo constante de la energía universal.


El Torus es un sistema autosostenido, un patrón perfecto de equilibrio dinámico donde nada se pierde: todo lo que emana desde el centro retorna a él transformado. Por eso se le considera el arquetipo de la armonía y la regeneración.

Podemos imaginarlo como un campo energético que nace del punto cero del corazón o del núcleo de cualquier sistema.La energía se proyecta hacia fuera formando una espiral expansiva, y luego regresa en una espiral inversa, creando una esfera energética en movimiento continuo.Este patrón es visible en la forma del campo magnético terrestre, en los remolinos del agua, en las semillas del girasol, en las manzanas, en los átomos y en el aura humana.


El Torus como matriz de vida y coherencia

Cuando aplicamos este principio al agua, comprendemos por qué las figuras basadas en el Torus y otras geometrías sagradas pueden influir en su estructura y vitalidad.El agua, al exponerse a un campo toroidal coherente, tiende a reorganizar sus moléculas siguiendo ese flujo armónico.En ese proceso, su estructura se vuelve más estable, más coherente y más capaz de resonar con las frecuencias naturales de la vida.

Por eso, colocar una jarra de agua sobre una base con la figura del Torus o meditar sosteniendo una pirámide dentro de un patrón toroidal es una forma de reconectar con la energía de equilibrio que sostiene el universo.El agua “aprende” de ese orden geométrico y lo incorpora, volviéndose un espejo de esa coherencia.

Dentro del flujo toroidal reside una de las estructuras más poderosas de la geometría sagrada: la Merkabah (o “carro de luz”). La palabra hebrea Merkabah significa literalmente “vehículo” o “carro celestial”, y simboliza el cuerpo de luz que conecta los planos físico, mental y espiritual del ser humano.

Geométricamente, la Merkabah está formada por dos tetraedros entrelazados —uno apuntando hacia arriba y otro hacia abajo, creando una estrella tridimensional que representa la unión entre el cielo y la tierra, lo masculino y lo femenino, lo espiritual y lo material. El agua, al ser un elemento sensible y receptivo, reacciona de inmediato ante patrones de armonía.Al colocarla dentro de un espacio que contenga símbolos toroidales o merkábicos ya sea en una base grabada, una estructura piramidal o incluso en un recipiente dispuesto con intención, sus moléculas responden a esa información geométrica.


El resultado es un agua reordenada, energetizada y coherente, capaz de vibrar en sintonía con los mismos principios que rigen la vida en todo el cosmos.


Así, cuando bebemos esta agua, no solo hidratamos nuestro cuerpo físico: también nutrimos nuestros campos sutiles con patrones de orden, equilibrio y conciencia. Es un acto de reconexión con el flujo universal, una comunión entre el microcosmos de nuestro cuerpo y el macrocosmos de la creación.


Cómo preparar agua con shungita y geometría del Torus Si quieres probar esta práctica en casa, solo necesitas unos minutos y materiales simples:

  1. Una jarra o vaso de vidrio (nunca plástico o metal).

  2. Una base de madera con el símbolo Torus grabado.

  3. Una pirámide o piedras naturales de shungita (limpias y auténticas).

  4. Agua filtrada o de buena calidad.

Coloca la jarra sobre la base de geometría sagrada y deja que repose entre 6 y 12 horas con la shungita dentro y si puedes ponla expuesta al sol. Durante ese tiempo, el mineral actúa como purificador físico y energético, mientras el patrón geométrico ayuda a mantener un entorno estable y ordenado.

No necesitas hacer ningún ritual: basta con beberla con consciencia, sabiendo que estás cuidando algo más que tu hidratación. “El agua refleja lo que somos. Si está en equilibrio, nosotros también.”


Con cariño, Lenka

 
 
 

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